Hoy en día nuestra economía tiene serios problemas de lo que se conoce como lateralidad cruzada, es decir, nuestros mercados son cada vez más dependientes los unos de los otros, pero los procesos industriales y los sistemas de gestión son estáticos y lentos.

Por su parte la mayoría de las empresas centran sus esfuerzos en la optimización de los productos y servicios, los procesos con los que se fabrican, los recursos humanos de la compañía, el dinero con que se financia, etcétera. Para conseguirlo toman como referencia un patrón del pasado que ha demostrado su solvencia y eficiencia, y sobre este proyectan el futuro. A esto se le conoce como excelencia, y a ella se han dedicado ingentes cantidades de esfuerzo de teorización, formación y ejecución.

Sin embargo el camino dirigido hacia esa excelencia es un camino, a su vez, hacia la pérdida del valor original. A mayor excelencia, mayor aprendizaje de los procesos y mayor adaptabilidad de ellos, mayor igualdad entre competidores, menor diferenciación en los mercados y más distancia de la oportunidad inicial. Pero en la actualidad ser excelentes no basta ya que la excelencia se puede comprar, y todo aquello que se puede comprar no significa una ventaja competitiva sostenible.

Por tanto, y si atendemos a lo expuesto más arriba, cabría preguntarnos por qué tenemos tanto afecto a la excelencia. Los procesos de excelencia relacionan el presente con el pasado, anclándonos y dándonos patrones sobre los que gestionar nuestra incertidumbre. Y es por esto por lo que los consejos de administración de las empresas están repletos de garantes de la excelencia competitiva de nuestra compañía.

Sin embargo la mayoría de las empresas parecen haber olvidado aquello que les permitió surgir de la nada y establecerse con éxito. Nuestro valor fundamental no se basaba en factores de excelencia, sino en un significativo aporte de valor donde plasmábamos nuestra osadía en decirle al mercado cómo entendíamos el sector o la filosofía de consumo con la que nos aproximábamos a los consumidores. Antes las empresas y empresarios eran tan osados y frescos como poco excelentes, y el único objetivo era alcanzar las cotas productivas para abastecer mercados a buen precio.

Pero hoy los mercados ya no funcionan así, y hemos pasado de obsolescencias tecnológicas a conceptuales, de mercados verticalizados a totalmente horizontales, y de clientes pasivos a clientes súper activos. La velocidad de los mercados es tan rápida que apenas tenemos tiempo de amortizar los esfuerzos necesarios para un lanzamiento. Ya no existen anclajes de seguridad, y vivimos en la ansiedad y la velocidad.

Entonces, ¿de qué sirve la excelencia? Muchos expertos en la materia coinciden en afirmar que lo ideal sería regresar a la economía del aporte de valor real, aquella que evoluciona a la sociedad y que no utiliza el pasado como mesura del presente o futuro, sino que lo utiliza como punto de partida para la evolución. Nunca hemos dispuesto de tanto conocimiento ni hemos desarrollado procesos de gestión y producción tan excelentes, pero nunca ha sido más difícil sobrevivir en los mercados y aportar valor real a los mismos.

El fenómeno start up y de emprendedores tampoco es la solución ya que la mortalidad de sus propuestas es enorme, y los recursos económicos consumidos en ello no son sostenibles en el tiempo.

*Fuente de la información ‘Cinco Días’.

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